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Sunday, May 12, 2013

¿Son tontos los hispanos?


EL OBSERVADOR GLOBAL

“El indicador conocido como coeficiente intelectual (CI) puede estimar de manera confiable la inteligencia. El CI promedio de los inmigrantes en los EE UU es considerablemente más bajo que el de la población nativa de raza blanca. Esta diferencia es probable que persista durante varias generaciones.
 
 Las consecuencias son la falta de asimilación socioeconómica entre los inmigrantes de bajo coeficiente intelectual, conductas de clase baja, menor confianza social y un aumento en trabajadores no cualificados en el mercado laboral estadounidense. La selección de los inmigrantes de alto coeficiente intelectual podría mejorar estos problemas en EE UU al mismo tiempo que beneficiaría a los potenciales inmigrantes que son más inteligentes pero que carecen de acceso a la educación en sus países de origen”.
 
Este es el resumen de la tesis doctoral que presentó Jason Richwine en la Universidad de Harvard en 1999 y que fue aprobada sin objeciones por un comité formado por tres prestigiosos catedráticos de esa universidad. La tesis habla de los inmigrantes en general, pero sus conclusiones están principalmente basadas en el análisis del (bajo) CI de los hispanos. Armado con esa credencial, el flamante doctor Richwine comenzó su carrera en lo que en Washington se llama “la industria de la influencia”. Trabajó en dos importantes think tanks conservadores, publicó artículos en diarios y revistas y daba conferencias. Cuando el exsenador Jim DeMint, uno de los principales líderes del Tea Party y recién nombrado presidente de la fundación Heritage, necesitó encargar a alguien que hiciera el estudio que serviría como punta de lanza en la batalla para impedir la reforma de la política migratoria de EE UU, escogió a Jason Richwine, quien junto con Robert Rector sería el coautor del informe. Al doctor Richwine le estaba yendo bien.
Hasta la semana pasada.


EL OBSERVADOR GLOBAL

¿Son tontos los hispanos?

Una tesis doctoral vincula las políticas migratorias en Estados Unidos con el cociente intelectual
 
Dylan Mathews, un periodista del Washington Post, se tropezó con la tesis doctoral de Richwine y publicó su mensaje central. Las reacciones no se dejaron esperar. La fundación Heritage se limitó a decir que las controvertidas ideas de Richwine las escribió en Harvard y no en la Fundación. Dos días después, Richwine renunció a su cargo.
 
En todo esto hay muchas sorpresas, pero quizá la principal tiene que ver con los estándares que se usan en Harvard para otorgar un doctorado. La tesis de Richwine parte de la base de que hay causa y efecto entre dos variables difíciles de medir: inteligencia y raza. Entre los científicos sociales no hay consenso acerca de qué es lo que miden los test que estiman el cociente intelectual. ¿Miden inteligencia o más bien miden la capacidad de responder bien a ese tipo test? Y si miden inteligencia ¿qué tipo de inteligencia es? Todos conocemos genios que obtienen buenos resultados en los test de inteligencia pero cuya vida personal y profesional es un desastre y que terminan siendo una carga para su familia y para la sociedad. Y también conocemos gente que no brilla por su intelecto pero cuya contribución a la sociedad es enorme. Pero si la inteligencia es difícil de medir, ¿cómo se mide eso que Richwine define como “los hispanos”? Esta no es una categoría biológica sino una definición popularizada por la Oficina del Censo de EE UU que usa el término hispano o latino para referirse a “una persona de origen cubano, mexicano, puertorriqueño, centro o sudamericano o de otra cultura u origen español, independientemente de su raza”. Evidentemente, tratar a los “hispanos” como una categoría genética o biológicamente homogénea es, por decir los menos, metodológicamente endeble.
 
Y los problemas con la tesis de Richwine no terminan ahí. Derivar de sus conclusiones la idea de que una buena política inmigratoria se debe basar en aplicarle pruebas de inteligencia a los inmigrantes, es una propuesta más nutrida por la ideología que por la ciencia.
 
Pero si se trata de creer en estudios que se basan en los test de inteligencia, entonces vale la pena mencionar uno muy interesante referido por el periodista Jon Wiener. En 2012 la revista Psychological Science reportó que un amplio estudio en Reino Unido que examinó a casi 16.000 personas a través de los años encontró que “los menores niveles de inteligencia en la infancia pronostican la presencia de mayor racismo en la edad adulta”. En otras palabras: los adultos que son racistas no salían muy bien en los test de inteligencia cuando eran niños.
 
En resumen: Si usted cree que los hispanos son tontos, entonces debe creer que los racistas también lo son. Pura ciencia.

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Sunday, May 5, 2013

¡ Hay que subir el precio!

EL OBSERVADOR GLOBAL


¡Hay que subir el precio!
La cruel indiferencia de Brasil ante los ataques a las libertades en Venezuela es notable


El precio que pagan los Gobiernos que violan reglas básicas de la democracia ha venido cayendo. Ahora está demasiado barato y es urgente subirlo. Tiene que haber más riesgos y más costos para quienes atentan contra la libertad.
 
Lo sorprendente es que, al mismo tiempo que la impunidad de los autócratas parece reinar, todavía hay Gobiernos disfrazados de demócratas que temen que el mundo descubra lo que realmente ocurre entre bastidores. Hay regímenes autoritarios que hacen sorprendentes esfuerzos para mantener la reputación, la “marca”, de la democracia. Y organizan costosas y arriesgadas maniobras para obtener el “sello de calidad” que confiere el hecho de ser “elegido por el pueblo”. ¿Por qué Vladímir Putin, por ejemplo, monta un tinglado tan complicado de elecciones, rotación de cargos con Dmitri Medvédev y todo tipo de gestos para parecer un dirigente democrático? Podría simplemente declararse jefe de Estado y seguir gobernando de la manera tan autoritaria como lo ha venido haciendo durante más de una década. Y lo mismo ocurre en muchos otros países. De Marruecos a Argentina, de Irán a Ecuador y de Angola a Venezuela, muchos Gobiernos se han vuelto diestros prestidigitadores políticos, que con una mano distraen al mundo con elecciones y otros rituales democráticos mientras que con la otra hacen todo tipo de trampas para concentrar poder, reprimir a los opositores y silenciar a sus críticos.
Claro que aún quedan algunos que son más sinceros en su totalitarismo: Corea del Norte, Bielorrusia, Cuba, etcétera. Pero son cada vez menos: el número de países no democráticos cayó de 69 en 1973 a 47 actualmente.
Así, la buena noticia es que existe la oportunidad de presionar a los dirigentes pseudodemocráticos que socavan las libertades en sus países; esa oportunidad está ahí para los Gobiernos y líderes de otras naciones que la quieran aprovechar. La mala noticia es que últimamente muy pocos lo hacen.
 
Uno de los ejemplos más ilustrativos de esto es lo que ocurre en América Latina. Durante las cruentas dictaduras que sufrieron muchos países latinoamericanos en los años setenta y ochenta, Venezuela era la democracia que acogía y protegía a los líderes políticos perseguidos por los regímenes militares. Hoy en día, muchos de estos antiguos refugiados están de regreso en sus países y ocupan altos cargos en el Gobierno, el Parlamento o los partidos políticos. Su silencio ante lo que sucede en Venezuela es ensordecedor.
 
La cruel indiferencia de Brasil es quizás la más notable. No se trata de que este país se transforme en el gendarme de la democracia en la región, o que intervenga arbitrariamente en los asuntos internos de los vecinos. Se trata de que de vez en cuando… diga algo. Se trata de que su política internacional refleje los valores de una de las democracias más grandes y vibrantes del planeta. De que exprese públicamente su opinión un país respetado e influyente. Un país cuyos actuales líderes tienen la autoridad moral de quienes han sufrido en carne propia las consecuencias de oponerse a un régimen que recurría a la represión y al castigo como prácticas habituales.
 
Los demócratas del mundo, pero especialmente los de América Latina, observaron con sorpresa y tristeza el estruendoso silencio que mantuvo Lula da Silva durante sus ocho años como presidente frente a las claras violaciones de derechos humanos en Cuba, o frente a las más enmascaradas violaciones a la democracia que perpetraron Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador o Daniel Ortega en Nicaragua. Ni una sola palabra. Nunca una observación crítica…
 
La esperanza es que Dilma Rousseff sea diferente. Pero hasta ahora no lo ha sido. Brasil reconoció inmediatamente a Nicolás Maduro como presidente, aun sabiendo que había razones para dudar de su triunfo. Esas mismas dudas hicieron que el propio Brasil estuviese entre los países que días después presionaron a Venezuela para que se auditaran los votos. Maduro aceptó un nuevo recuento. Pero las autoridades electorales lo están haciendo de una manera sospechosamente inadecuada. Un Gobierno seguro de haber ganado no debe tener miedo de contar los votos abierta y rigurosamente. Y un Gobierno democrático no debe impedir que los diputados de la oposición hablen en la Asamblea Nacional. Y menos tolerar que los propios legisladores oficialistas los acallen dándoles en plena Asamblea una paliza que los mandó al hospital.
 
Por favor, díganos, presidenta Dilma Rousseff: ¿Qué piensa usted de todo esto?

Monday, April 29, 2013

EN QUE SE PARECEN FACEBOOK Y LA COCA COLA?

LA COLUMNA DE MOISES NAIM


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La obesidad y la pérdida de privacidad serán a este siglo lo que el fumar fue al siglo pasado. Coca Cola, PepsiCo, Nestlé, MacDonalds y otras empresas cuyos ingresos proceden de la venta de productos con alto contenido de azúcar o grasa, y aquellas como FaceBook, Google o Twitter, que dependen de captar información personal de sus usuarios para vendérsela a anunciantes, afrontarán problemas parecidos a los que tienen las compañías que venden cigarrillos.

El mundo sufre una pandemia de obesidad. 500 científicos de 50 naciones han publicado un informe (The Global Burden of Disease) donde explican que, entre 1990 y 2010, la obesidad aumentó un 82% (en los países de Oriente Próximo el incremento fue del 100%). “Descubrimos que niños que antes morían por infecciones ahora se salvan gracias a las vacunas, pero hoy el mundo es más obeso y los niños están sufriendo las consecuencias”, afirma Ali Mokdad, uno de los autores del estudio. Y no son solo los niños.

Actualmente, la humanidad vive, en promedio, más que en 1990 (los hombres, 10,7 años más, y las mujeres, 12,6). Pero según este estudio, los últimos 14 años de vida se ven severamente afectados por enfermedades y dolores, muchos de los cuales se derivan de la gordura. Hoy, en Estados Unidos, uno de cada tres adultos y uno de cada cinco niños son clínicamente obesos. Las empresas que contribuyen a que vivamos en el mundo más gordo de la historia argumentan que el sobrepeso no es resultado de lo que comemos, sino de diversos factores. “La televisión, los videojuegos o la urbanización tienen más que ver con la obesidad que la ingesta de nuestros productos”, dicen.

En el siglo pasado —y durante décadas— las tabacaleras lograron impedir que se vinculara el cáncer con fumar. El director científico del Comité de Investigaciones de la Industria del Tabaco (CIIT) escribió en 1957 que “el problema de la causalidad de cualquier tipo de cáncer es complejo y difícil de analizar... A pesar de toda la atención puesta en la acusación de que fumar produce cáncer de pulmón, nadie ha establecido que el humo del cigarrillo o alguno de sus componentes cause cáncer en el hombre”. Hoy sabemos que esta afirmación es falsa. Y que en 1957 las empresas del tabaco lo sabían.

En Estados Unidos uno de cada tres adultos y uno de cada cinco niños son clínicamente obesos

Según Michael Mudd, un ex vicepresidente de Kraft, las compañías de alimentos y bebidas están haciendo lo mismo. Mudd afirma que si bien los culpables del incremento de la obesidad son muchos, ninguno lo es tanto como esas empresas. No se limitan a satisfacer la demanda de los consumidores, dice Mudd, sino que hacen enormes y muy efectivos esfuerzos para aumentar la frecuencia con la que comemos y las cantidades que ingerimos. Y además alerta: “De la misma manera que el lobby de las armas en EEUU señala a las enfermedades mentales y los videojuegos violentos para así distraer del peligro que implican las armas de fuego, la industria alimentaria denuncia la vida sedentaria y la televisión como causa de la obesidad. No debemos caer en esa trampa”.

De la misma manera que algunos gobiernos regularon, finalmente, el consumo de cigarrillos, empujando a las tabacaleras a buscar su lucro en los mercados menos regulados de Asia y otras regiones, es posible que tarde o temprano suceda lo mismo con las empresas cuyas ganancias dependen de la venta de productos saturados de azúcar y grasas.

Algo parecido, pero aún más complejo, está pasando con las empresas que vía Internet nos seducen con atractivos productos —contenidos, “soluciones”, búsquedas o “comunidades”— por los que no tenemos que pagar nada. Nada, excepto permitirles saber quiénes somos, dónde estamos, qué hacemos, qué nos gusta o interesa y quiénes son nuestros amigos.

Algunas veces nos “solicitan permiso” para captar nuestra información y nos piden que aceptemos ciertas condiciones (¿conoce usted a alguien que lea los largos textos en letra pequeña con las condiciones de la compañía, antes de aceptarlas?). En todo caso, también nos monitorean sin permiso.
Naturalmente, esa información es muy valiosa para empresas y otras organizaciones que nos quieren vender un producto, una idea, una conducta o un candidato. Los avances tecnológicos permiten recabar cada vez más datos sobre nosotros a través de la telefonía móvil, sensores remotos, cámaras de seguridad, reconocimiento facial, etc. Y gracias a Big Data, las nuevas técnicas para extraer información útil de enormes volúmenes de datos, la masa amorfa de información --“el ruido” -- ahora se puede convertir, cada vez más, en dinero.
Tendremos que hacer algo para contener las fuerzas que están pulverizando las barreras que nos protegen de la obesidad y las que aún nos permiten gozar de cierta privacidad.