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Thursday, April 4, 2013

EL PAJARITO QUE SE LE APARECIO A MADURO

Abel Ibarra

                                                 
La verdad es que la masa casi informe, variopinta, inorgánica, de la oposición que aparece en las redes sociales, cae en todas las provocaciones y estratagemas que le tiende el gobierno. La última es la del pajarito que se le apareció a Maduro. No faltaron las burlas con las que acusábamos al candidato del gobierno de imbécil.

También apareció un video en el cual Chávez habla en un video de su Aló Presidente en el cual repite por cortes de edición: "Te metiste conmigo pajarito" al son de un bambuco, hasta la saciedad. El video cierra con un pajarito parecido al de twiter, azul, por más señas, para hacer creer que la ocurrencia es de la oposición.

Pues bien, resulta que los únicos que tienen un registro codificado de todas y cada una de las intervenciones de Chávez, son los organismos de inteligencia, léase espionaje y contra información, del G2 cubano. Con lo del pajarito y el video de Chávez, lograron dos cosas: una, que desde la oposición reforzáramos el link Chávez-Maduro y pusiéramos al candidato Maduro de plano en las redes sociales.

Eso ha sido una constante desde que comenzamos a acusar a Maduro de imbécil porque era un pobre chofer de autobús, con lo cual se la pusimos bombita para que nos acusaran de clasistas, burgueses y oligarcas, y terminamos legitimando su vinculación esencial con los "pobres" que constituyen su caudal electoral.

El caso es que el "imbécil" de Maduro, desde hace más de 20 años ha sido formado en Cuba como un cuadro del Fidelismo que logró penetrar la estructura sindical del metro de Caracas y, desde allí, comenzó una labor de zapa que culminó con el Caracazo que fuera alentado por Freddy Bernal desde el Grupo Ceta de la policía Municipal de Libertador, y contara con la participación decidida del "incapaz" de Maduro. ¿Qué tal?

Lo peor del asunto es que nos enteramos de este pasado en Cuba, gracias a una entrevista realizada a un colombiano que participó junto a él en los cursos de formación de cuadros, que fuera reproducida por ABC de España. Uno se pregunta: ¿dónde está la efectividad de nuestras "labores" de "inteligencia", vuélvase a leer espionaje, que no lograron detectar tal fenómeno.

Al final, todos los que postean sesudos análisis sobre los intersticios de la política venezolana quedaron tan inútiles como el Súper Agente 86, con "informaciones de buena fuente porque un primo mío es cuñado de un general de las fuerzas armadas que asegura hay un cisma en su seno".¡ Mi madre!. 

También alimentamos las redes con supuestas encuestas en las cuales Maduro viene palo abajo y alimentamos un triunfalismo que ya nos salió caro en las elecciones del 7 de octubre. Esperemos que esta vez no sea así y podamos derrotarlos en una pelea desigual y ventajista por parte del gobierno.

Otra cosa, cierta información, no corroborada, dice que el 25% de los testigos utilizados por la oposición en las mesas electorales, está inscrito en el PSUV. Si esto es así, resulta que estamos penetrados hasta los tuétanos y nos juegan posición adelantada para dejarnos off side en la propia área de peligro. Ojalá podamos contrarrestar esas jugadas de librito con las que nos enfrentamos en cada elección, en la cual siempre surgen los analistas afirmando que el fraude está montado, viendo la paja en el ojo ajeno sin mirar la viga en el propio.

De tal manera que en las primeras planas de los diarios nacionales e internacionales apareció el pajarito metiéndonos medio chuzo, digo, por no nombrar la paloma que causa demasiado descrédito.

Wednesday, March 13, 2013

Los inmigrantes de Ciudad Doral

                                                       

Abel Ibarra

Comment crois-tu qu'ils sont venus?
Charles Aznavour


            Roger Villalobos salió del avión en el aeropuerto de Miami con el destino en stand by y la vida en una maleta. Un vaho de naftalina y agua oxigenada lo despide en el último tramo de la cabina. Las aeromozas con piernas de columnas dóricas y voz de fieltro corean que bienvenido a Miami, felices vacaciones, en su español de cada día. Roger dice gracias con las vacaciones en neutro y pone el motor en marcha tras la fila de viajeros que camina con el apuro de quien huye de sí mismo. El estómago le cruje ahíto de pretzels, esos bastoncitos de harina horneados con sal mezquina, políticamente correctos, más inútiles que un ñandú sin eñe, vueltos cereta sin cumplir su rol de refrigerio. La fila se detiene frente a los peajes de inmigración, se deshace a cuentagotas y el bluyín de Roger se vuelve azul tembleque cuando le toca el turno. ¡Passport! ordena la estatua marcial con su cara sin cara. Roger se acostumbra a los temblores con el pasaporte en la mano, recordando los rostros marciales que acaba de dejar en Venezuela, país que perdió la memoria para convertirse en huella de bota militar. Welcome to the iuesei, lo sobresaltó el funcionario con sonrisa de persona y los pulmones se le volvieron a llenar de oxígeno corriente. Caminó con la ruta trazada en la planta de sus pies hasta la sala donde las maletas viajan absortas sobre la correa giratoria. Agarró la suya que parecía ser la última (tratando de engañar al tiempo), atravesó la santamaría horizontal de los arrivals y tarareó el primer verso de una canción de Charles Aznavour: Comment crois-tu qu'ils sont venus? Sólo tuvo por respuesta la bocina de un taxi ávido de corazones inmigrantes...

            Todo te lo tragaste como la lejanía

            Se vino porque el país se le puso ancho y angosto a la vez, el español comenzó a dar traspiés en los diccionarios y el nombre se le trastocó por la mala leche. El país se volvió ancho cuando el odio se regó por calles y avenidas como un río salido de madre. Un teniente coronel (de cuyo nombre no quiero acordarme) a falta méritos civiles, se llenó el pecho con medallas de hojalata y se puso a tentar al diablo de lo desconocido, tratando de deslumbrar al mundo con sus fuegos artificiales de soldadito de plomo que ensaya guerras sobre un tablero de utilería. Sacó de sus alforjas el resentimiento guardado celosamente en su vida de fracasos y se dispuso a igualar a todos a ras de la máscara rencorosa que se le volvió rostro mirando al infierno. Roger Villalobos, ingeniero de la Universidad Central de Venezuela, post-grado en resistencia de materiales, igual a otros de su estirpe concreta, quedó herido de angostura cuando votó por la democracia con la que aprendió a caminar. Lo pusieron en una lista de fantasmas apátridas y lo expulsaron de la vida por traidor, como quien saca un mango podrido de una bolsa de mercado nueva. Roger Villalobos se volvió detritus cuando las letras de su título de ingeniero se comenzaron a deshacer sobre el pergamino. Hurgó en periódicos, libros y diccionarios, buscando vocablos frescos de reemplazo. Salió a la calle tratando de encontrar un resto de mundo, pero sólo la “Ch” se imponía con arrogancia en el sistema solar de afiches y pendones electorales. (Inútil, con el tiempo, la fuerza de los elementos mandaría la “c” al carajo y pondrían la “h” en capilla ardiente mientras tanto). Roger se quedó tan seco de palabras que los amigos se burlaron de su flacura acusándolo de pitiyanqui y le cambiaron el Roger Villalobos por el proletario y patriótico Rogelio Ranchocoyote.

  Las cosas amables, las cosas sencillas, las cosas se juntan como las orillas
            Se vino porque las cosas cambian a sabiendas de que van a encontrar su doble a la vuelta de la esquina. Y allí está Ciudad Doral instalada con su lumbre de ciudad nueva y vieja, de interludio sentimental entre pasado y futuro, con sus hábitos terrestres similares a los de la tierra antigua, con los mismos nombres que brillan en la memoria como legumbres vivas, menos los black beans, que los venezolanos llaman caraota con esa lengua hecha para los requiebros del idioma. Sí, Ciudad Doral está llena de requiebros, los de los cubanos expertos en desmadres, no es fácil, dicen, con un gesto que nunca deja de denunciar su isla rodeada de penurias por todas partes. Los nicaragüenses que escaparon de dos dictaduras con distintas caras de una misma moneda. Aquí están. Colombianos, resbalando eses que suenan a silbido seco sobre las montañas. Los de México, Honduras, El Salvador, Guatemala, que lograron salir de sus pozos de pobreza y violencia. Dominicanos mezclados por esa tolerancia de las razas que hay en el Caribe. Puertorriqueños, ¡bendito!, trasplantados de su isla como cocos nuevos. Argentinos… y siii, ¿viste?, uruguayos de la República Oriental. Todos vueltos gente otra vez por arte de birlibirloque. Roger Villalobos llegó a la casa de un primo, perito en resuelves, que entró en esta tierra de promisión hace más de veinte años y recorrió todo el escalafón de trabajos de misericordia sin exhalar una sola queja: telemercadeo que vende objetos imposibles por teléfono. Valet parking, para no dejar solos a los pobres carros sin dueño. Repartidor de pizzas, por nostalgia de los hornos. Y ¿qué es lo que hay?, para darle duro pateando la calle como si lo hubieran contratado para fabricar huecos. Roger Villalobos se convirtió en sombra de la espalda doblada de su primo Alfredo persiguiendo lo mismo, durmiendo en el cuarto de la señora de servicio, con baño propio, donde se saca diariamente el óxido del cansancio. Otros se las ven más negras, pero siempre vienen a Ciudad Doral a teñirse el alma y retratarse con el primer alcalde venezolano en los Estados Unidos, Luigi Boria, quien ya venía con los requiebros que le dejó su papá en el apellido italiano.

            Roger Villalobos ya salió de las regulares después de un trajín de seis años. Hizo traducir título y notas universitarias porque logró que este imperio desalmado le diera una beca para hacer un Master en Educación en la Nova Southeastern University. Mismo asunto bajo nuevo cielo. Pedro Mena, médium entre lo difícil y lo imposible, conoce todos los vericuetos de la vida en el exilio y lo convenció de que podría convertirse en profesor de matemáticas, porque todo es número, dice con rictus pitagórico. Ahora Roger cuenta su historia de altibajos y vive tarareando la canción con la que Aznavour interroga al mundo: Comment crois-tu qu'ils sont venus?. Y, por primera vez, la traduce en carne propia: ¿cómo crees tú que han llegado?. ¿Quiénes?, pregunta el mundo. Los inmigrantes, responde Roger con su vida duplicada.

Thursday, November 1, 2012

Enrique Hidalgo entre canciones y libros

Enrique Hidalgo entre canciones y libros

Abel Ibarra

 Enrique Hidalgo es más que Enrique Hidalgo. A fuerza de meterse dentro de sí mismo ha logrado entrar en el corazón de todos y sus canciones pueblan nuestra memoria como un conjuro que se entona para procurar el amor. ¡Qué cosa!, el amor, ese estremecimiento que mueve los músculos del alma como si estuviéramos a punto de nacer otra vez. Que inventa el movimiento y le enciende el motor de la vida a todo. ¡Hágase el amor!, dijo el eterno, y el amor se hizo para que andemos sobre la tierra celebrando el prodigio de la Creación.

Nacimos como peces con vocación de infinito. Nos aprendimos de memoria los secretos del mar y salimos a reptar por el mundo sorteando los laberintos del futuro, a veces pródigo, a veces mezquino, hasta convertirnos en primates sentimentales, demasiado humanos, porque supimos lo que es volverse uno en el otro. “Uno in due, due in uno”, dijo un poeta italiano para explicar lo mismo. Después nos bebimos la atmósfera vueltos pájaros por la misma sed. Tanto, que, hasta las piedras aprendieron a temblar, cuando nos vieron volando por el mundo que dejamos al convertirnos en habitantes del cielo.

 Enrique Hidalgo, que es un hombre bueno, “en el buen sentido de la palabra bueno” (como lo quería el poeta Antonio Machado), tuvo compasión de las piedras y se las trajo vueltas volcán para que no murieran de soledad a la vera del camino. ¿Piedras?, sí, las fundacionales, las primeras, las de nuestro idioma español que reverbera en cada palabra que Enrique Hidalgo deja caer como lluvia en sus canciones, las que nos vienen desde las intimidades de la lengua cuando nombramos el más alto de los sentimientos, que, a veces, por desmesurado, casi no nos cabe en la piel, como dijo otro español antiguo: “Amor, amor, un hábito vestí, el cual de vuestro paño fue cortado, ancho fue, más apretado y angosto cuando estuvo sobre mí”.

 Para botón basta la muestra de un verso cancionero de Enrique. Claro, teniendo en cuenta que el amor comienza por la tierra y sus frutos dóciles y rebeldes a la vez, obedientes y reacios a la ley natural de todo lo que se mueve para afirmarse como una obra de Dios. Como el frailejón andino, que es flor de páramo y simiente del éxtasis absoluto, vuelto fraile que aspira redimir a sus semejantes por el solo cumplimiento de su deber vegetal.

Bajo el frío paramero
como un girasol de nieve
el frailejón ya se mueve
al son de un viento ligero
 O,  más pegado a lo primigenio del origen marino y celeste a la vez que tiene la gente, igual a las gaviotas costeras.
El ave que ayer voló
presagiando tu partida,
era gaviota perdida,
como perdido es tu amor

 Sí, el amor duele cuando se pierde y nunca se sabe cuántas razones hay para tanta delgadez de la fortuna. Pero Enrique, porque se pone la piel de los otros o, porque previene a los demás del dolor absoluto cuando llega la soledad, o, porque le da la gana, sufre en sí mismo la cruz del abandono para que quedemos indemnes de cualquier tropiezo que tenga nuestro corazón y nos propone un santo y seña sencillo y complicado como las flores.

Aquella cierta sonrisa
que me diste al pasar,
me enredó como el ojal
al botón de la camisa
Sea como sea, las canciones de Enrique Hidalgo nos ayudan a ser mejores seres humanos porque le apuestan al amor absoluto, que siempre nos llega a tiempo.

Thursday, October 18, 2012

Democracia en América

Democracia en América

Abel Ibarra
 
 Aparte de ser el título de un libro de Alexis de Tocqueville, Democracia en América es un axioma que señala la esencia cultural, es decir, la manera cómo se existe, en este país generoso pero competitivo que escogimos para vivir. ¿Por qué? Hay muchas razones, pero nos contentamos por el momento con lo que dijeron próceres y poetas cuando le pusieron pulmón igualitario a este territorio que nació entre sueños que sangran. Próceres y poetas se igualan cuando pugnan por el mismo espíritu libertario que convierten en acto plural, para que la gente camine por calles de una raigambre comunitaria. Los padres fundadores (la lista es larga) se metieron entre pecho y espalda, alma y corazón, el terco argumento del bienestar común y los poetas le pusieron la música de las palabras para que sonara bien en los oídos de todos.

 Aun con la pesadilla de la Guerra Civil sobre sus párpados, Abraham Lincoln dijo que el asunto debía ser “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, y, Rubén Darío, nuestro príncipe primero, se le iguala al proverbio cuando celebra la democracia en su “Oda a Roosevelt”, con unos versos perennes, para terminar diciendo que “lo demás es tuyo, Walt Whitman”, manera hiperbólica y amable de decir que un hombre es todos los hombres. Sí, cuando el poeta dice “Yo Walt Whitman, un cosmos, el hijo predilecto de Manhattan, me celebro y me canto a mí mismo”, está asumiendo para sí el deseo magnífico de igualarse con cualquier terrícola en un canto que los hace a todos de un mismo “hueso de mis huesos y carne de mi carne”, como lo quería el mejor de nuestros apóstoles, el Cristo permanente.

 Mark Twain, quien andaba fatigando los caminos de Dios con el carnet de identidad de Samuel Langhorne Clemens, se metió hasta el barro en los intersticios del espíritu humano, al contar la historia de dos muchachejos, Huckleberry Finn y Tom Sawyer, quienes andaban por el mar móvil del río Mississippi, jorungándole la paciencia a todas las convenciones del momento. Los puso a navegar en la misma balsa de redención junto a un negro que se quitó de encima la espalda sumisa de “La cabaña del Tío Tom”, del mismo modo como la secesión terrible rompió el yugo de la esclavitud que hacía pasto en los estados de sur. Mark Twain puso a Huckleberry Finn y a Tom Sawyer (el veedor, el auscultador) a merodear por los lados del futuro, mientras el resto de los americanos hacía cola para entrar en una modernidad en entredicho.

 Pero la modernidad llegó “golpe a golpe y verso a verso” para que los habitantes de hoy asistamos perplejos al acto solemne y cotidiano de elegir presidente, es decir, escoger al hermano mayor, al ductor, al guía espiritual y carnoso, de un país que respira con el pulmón de gente venida de cualquier latitud. Es éste un tiempo angosto porque el mundo está cambiando y, aturdido, se recuesta de su lado más flaco hasta que pueda coger impulso nuevamente. Por fortuna no se trata de ninguna catástrofe. Esta fiebre paulatina va a cesar definitivamente y el doctor recomienda no cambiar la receta. Vamos a seguir con Obama para que las cosas cambien y sigamos siendo iguales.
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Thursday, October 11, 2012

La victoria y la derrota



Abel Ibarra

 El presidente Kennedy decía que la victoria tiene mil padres y la derrota es huérfana. Rudyard Kipling, en su poema “Si”, del si condicional, nombraba ambas como “esos dos impostores”. ¿Por qué? Sencillamente porque toda victoria es efímera y toda derrota circunstancial, si se piensa que la vida continúa siempre tras un nuevo desafío. No es optimismo ciego. En estos momentos de sequía emocional por los sucesos electorales del 7 de octubre (que no resultan un descalabro), también se me viene a la memoria Winston Churchill, quien afirmó, palabras más, palabras menos, que el fracaso no es más que un paso en el camino hacia la victoria. Churchill sólo le ofreció a su país sangre, sudor y lágrimas, en un momento duro como el pan de ayer.

 No es fácil acercarse al tino de ese dream team de las frases célebres, pero aventuramos una que podría bordear lo que nos ocurrió a los venezolanos del exilio: perdimos y ganamos pero no lograron humillarnos. Perdimos unas elecciones ante el abuso, el ventajismo y la vesanía de un gobierno que nos cerró el consulado de Miami intentando doblarnos las rodillas, como ellos lo harán cuando les toque el turno del fracaso. Ganamos porque, a trancas y barrancas, y, gracias al esfuerzo, la convicción y el denuedo de los integrantes de la Mesa de la Unidad Democrática, se logró trasladar a New Orleans, a 1.400 kilómetros, a casi nueve mil personas de alma, carne y hueso, incluidas las ciento veinticinco disminuidas por la edad y los impedimentos físicos, a quienes el cónsul del odio no les permitió votar.

 Entonces nombremos a los padres colectivos de esa victoria que no nos podrán arrebatar porque, como dijo Luis Prieto Oliveira en la misa que celebramos para agradecer el aliento de Dios y el amor de todo lo que suene a María, “el camino lo llevamos en la planta de los pies”. Uno, el cuerpo unitario tuvo cabeza, esta vez, dos, como el Jano bifronte que mira al pasado y al futuro: Pedro Mena, Secretario Ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática, quien a veces se emociona y el discurso de le pasa de largo quizá porque es largo el camino. Alexis Ortiz, terco y obstinado porque las ideas se le vuelven proyecto en un tris de su impaciencia. Ambos, con experiencia política, siempre denostada por quienes se aprovechan de ella para sus fines mezquinos, pero imprescindible para cumplir nuestros sueños.

 Dos, el esfuerzo plural donde un anónimo hasta el momento crucial, Juan Carlos Sánchez, destacó por su bonhomía y sus gónadas que van donde deben ir. Lorenzo Di Stefano, de los pocos empresarios que tienen cara conocida y generosa. Yolanda Medina, voz de todos y para todos. Catherine Lynch, dirigente de emergencia que capeó varios temporales. Luis Cedeño, petrolero transmutado en gerente de la amistad y cronista emocional. Alfredo Varela, discreto, efectivo y terco. El general Eduardo Báez y el coronel Wilfredo Escala, centinelas de este viaje infinito. La familia Pardo Bello, como Fuenteovejuna, todos a una. Rosa Ustáriz, amiga con todo lo que lleva una rosa. Arlene García, pura risa y corazón abierto. Manny Camargo, charla y entusiasmo estridente.  Raúl López Pérez, paciencia y sabiduría. Nidia Villegas, Gisela Parra, Beatriz Olavarría, Dahyana Villavicencio, Tomás Romero, Pedro Mendoza, Marianna Novellino, Gloria Mora, Tony Indriago (con su otra mitad), Aldrín Gil, Morella Aguerrevere, todos, sin necesidad de adjetivos, porque se hace camino al andar. Más Marianella Casanova, llegada reciente y amorosamente. Y no digo mi nombre para no cansarme de mí mismo.

 A los otros que escondieron su grano de arena los llamamos para que recorramos juntos este desierto que nos toca en momento amargo. A los nuestros, los de “lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”, y, a todos los anónimos que vaciaron sus alcancías para llegar solos hasta New Orleans, unas palabras del mismo Rudyard Kipling: “Si puedes mantener tu cabeza cuando en derredor todos la pierden, tuya será la tierra. Y lo que vale más, serás un hombre hijo mío”.  

 

Thursday, October 4, 2012

En Venezuela no hay miedo

En Venezuela no hay miedo

Abel Ibarra

 Vamos como la gente que se ha vuelto multitud épica para levantar la mano victoriosa de un muchacho nacido de su propia piel.
 
Estamos a punto de salir de la pesadilla en la que nos hundimos durante catorce años. Hay signos claros de que se acaba el tiempo angosto adonde nos condujo un engendro que quiso pasar por mesías redentor y va a terminar sus horas untado a los despojos del homúnculo patibulario que realmente es. No lo nombro para que se extinga como las cosas que no encuentran palabras donde habitar. También, para que desaparezcan con él las huellas del odio y la mezquindad con las que intentó igualarnos a su bajura. Pero no vamos por la revancha.

 Vamos como la gente que se ha vuelto multitud épica para levantar la mano victoriosa de un muchacho nacido de su propia piel. Henrique Capriles Radonsky se convirtió en un corazón plural, en músculo magnífico que late con todos nosotros, en el momento en que hemos comenzado a recuperar el país que nos fue escamoteado. Sí, hay signos claros y generosos de que todo comenzó a cambiar, la bondad deslumbra en el rostro colectivo y nos hace más dignos del triunfo porque le hurtamos el cuerpo al toro del miedo.

Conmueve hasta el temblor el gesto de Fabricio Ojeda Díaz, homónimo del padre que murió de muerte maluca en tiempos anteriores de fiebre y laberinto. “Fue un asesinato cometido por hombres específicos, con nombres y apellidos, quienes fallecieron o ya son ancianos, cuyos hijos y nietos no tienen por qué heredar la culpa de sus actos”, confiesa Fabricio en extremo de holgura humana y remata con un santo y seña que nos debe servir a todos en los tiempos por venir: “Yo, por mi parte, los perdono”.  

 No conozco a este Fabricio Ojeda que recupera a su padre como Telémaco a Ulises, pero tuve un adelanto de su bravura cuando, cercano a los dieciocho años, en la época de “juventud divino tesoro, te vas para no volver”, que diría Rubén Darío, estudié junto a sus hermanas en el liceo Pedro Emilio Coll y ya nos avecinábamos a las lides espinosas de la Política. Sí, con las mayúsculas que deben ser recuperadas para que tengamos una patria nueva de toda novedad. No recuerdo sus nombres, sólo sus cabellos ondeando en el viento como banderas que apostaban al futuro.

  Acaba de comenzar ese futuro que alguna vez soñamos y, ahora, que andamos en la vuelta de los sesenta por estos mundos de Dios, pisando las mismas huellas de siempre para ser distintos, vivimos igual que ayer “del mismo amor ardiendo”, como lo quería San Juan de La Cruz. Este domingo, domingo del dominus glorioso que creó cuanto existe, vamos, voto a voto y verso a verso, a apostarle otra vez a la vida para que vuelva la democracia que se nos metió en los huesos desde el día en que nacimos de parto bravo. Amén.    
  

Saturday, September 22, 2012

La guerra sucia


Abel Ibarra

“El adjetivo, cuando no da vida, mata”, decía el poeta Vicente Huidobro. Tal ocurre en el caso de la “guerra sucia”, una contradictio in terminis, un oxímoron, porque nadie puede imaginar ninguna guerra, siempre manchada de sangre y pólvora, como un intercambio de flores inocentes.
 
El gobierno de Hugo Chávez, afincado en su afición por el terror, lanzó aquella consigna fatídica de “Patria, socialismo o muerte”, y, ahora, aturdido por el vértigo de un régimen que toca a su fin, no tiene más remedio que apelar a su expediente de podredumbre para tratar de enlodar infructuosamente la campaña luminosa que ha puesto a Henrique Capriles Radonski en el camino de la victoria.
 
El gobierno sacó del estiércol a Didalco Bolívar (ex gobernador del estado Aragua con un prontuario policial negociable), a objeto de mancar políticamente a Ismael García, su ex compañero de luchas y parece que ex compadre, al prestarse para soplar un vendaval de acusaciones a cambio del perdón a sus desafueros como funcionario público. Didalco, prevalido de su desvergüenza y de los vicios que ostenta como virtudes el Consejo Nacional Electoral, obtuvo siglas y símbolos del partido como el borracho que entrega su honra por una botella vacía. Por su parte, Ismael continuó en la pelea contra este régimen patibulario que no ve más que paredones y cadalsos en su camino a la derrota.
 
Luego utilizó a otro reo de complicidad y sevicia, David de Lima, ex gobernador de Anzoátegui, también a cambio de condonarle la deuda que tiene con el país, por el desmadre administrativo que causó mientras se hizo del poder con su bandera de barco pirata. De Lima se puso a explicar asuntos que poco comprende del programa económico de la Mesa de la Unidad Democrática, cuando las únicas economías que él entiende son las que hizo de manera fraudulenta cuando pasó, con nocturnidad y valimiento, por las arcas del estado donde gobernó a guisa y manera de su voracidad.
 
Pero el camino a la democracia quedó libre de polvo y paja porque ni rasguños le causó el enredijo. Aún flota en el aire la queja de Aristóbulo Istúriz cuando dijo que Chávez se había fumado una lumpia porque despojó a William Ojeda de la candidatura del PPT a la Alcaldía de Petare. William Ojeda se pasó con armas y bagaje a las filas de la oposición y ahora ha vuelto al redil repitiendo el libreto de David de Lima por 300 mil dólares.
 
Tampoco se le entendió, pero le pasó el testigo en este relevo de impostaciones a Hermán Escarrá, quien, luego de ser palafrenero ideológico del chavismo en la Asamblea Nacional Constituyente, se vino a la oposición porque Chávez no lo nombró presidente del organismo. Escarrá regresó a la falda de su madre constituyente con unos balbuceos de 50 mil dólares. Sin embargo, el gobierno se dio cuenta de que toda esta guerra de descrédito contada en tramos de perversión cayó en saco roto, cuando, tajantemente, Capriles condenó la acción ilícita del diputado Caldera al recibir dinero de un usurero de la política como un tal Ruperti, de cuyo nombre no quiero acordarme.
 
Y, como la poesía está antes y después de todo porque según San Juan “en el principio fue el verbo”, vale Rubén Darío para despejar el camino: “Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo, ya se oyen los claros clarines, la espada se anuncia con vivos reflejos, ya viene el cortejo de los paladines”.

Tuesday, September 18, 2012

Aliados de Chávez

Aliados de Chávez
Abel Ibarra


 Henrique Capriles Radonski y la Venezuela del futuro están ganando las elecciones. Las encuestas serias, los exit poll realizados el día del simulacro de votación, los actos masivos en todas las regiones, la atmósfera de entusiasmo que se respira en la calle y la desesperación del gobierno, así lo confirman. Mientras el flaco recorre incansablemente el país y la gente acude en masa a su encuentro, el Chávez saliente se contenta con amarrarse a cadenas televisivas, empastelado de maquillaje, para hacer chistes malos que sólo sus ministros ríen por miedo. Sale del estudio improvisado junto a su cuarto de terapia intensiva para que no camine mucho, y se encierra con los cubanos en la sala situacional (contigua al estudio de TV) a diseñar una fallida guerra sucia que termina resbalando como el lodo al drenaje cuando la lluvia cesa.
 

El presidente saliente compra la voluntad del ambiguo David de Lima, ex gobernador de Anzoátegui y amigo íntimo de Willian Tarek Saab, su heredero, con una oferta paquete: el perdón judicial por los actos de corrupción que cometió con exceso, más algunos dolaritos que lo ayudarán a aumentar (por poco tiempo) el colesterol que le abulta la papada. William Ojeda, aquel periodista que saltó a la palestra pública con un libro en el cual preguntaba ¿Cuánto vale un juez?, nos dio la clave de cuánto vale un diputado como él: 300 mil dólares más la promesa de ser candidato a la alcaldía de Petare, en el Estado Miranda, postulación que perdió en las multitudinarias elecciones primarias que realizó la oposición.
 

Y, aquí en Miami, periodistas como Oswaldo Muñoz, dueño del semanario “El venezolano”, se ha dedicado con fervor digno de mejor causa a sabotear el trabajo exitoso de la Mesa de la Unidad Democrática que, bajo la dirección de Pedro Mena y Alexis Ortiz, condujo a que la votación de nuestro circuito electoral fuera la más alta de todo el país que nos duele aquí y allá. Oswaldo Muñoz, a pesar de que Pedro Mena y Alexis Ortiz lo han defendido contra todos los intrigantes de pasillo, lejos de mostrar agradecimiento, se ensaña contra ellos.

Cuando Kiko Bautista estuvo en Miami, la Mesa de la Unidad Democrática le hizo una recepción en “El Arepazo 2” que fue todo un éxito de asistencia. Pues bien, al día siguiente, domingo, buscando tener los cenitales sobre su cabeza, Oswaldo Muñoz convocó algo parecido en el mismo lugar, y pagó 30 o 32 desayunos que se le quedaron fríos, sencillamente porque no tiene poder de convocatoria. “Esto es culpa de Pedro Mena y Alexis Ortiz”, gritó con la misma histeria de David de Lima. A lo que Yolanda Medina, empleada suya en “El Venezolano” desde hace todos los años de exilio, jefe de prensa de la Mesa de la Unidad Democrática y Jefe de Prensa del Comando de Campaña, le respondió con los ovarios en la boca: “Tú no puedes acusar a Pedro ni Alexis, porque ellos no sabían de este evento”, a lo que Muñoz respondió, “si tú los defiendes a ellos entonces estás botada”.

 Lo más triste es que un colaborador de Oswaldo Muñoz (que estaba en el desayuno frustrado) le mandó un email a Yolanda diciéndole que “eso te pasa por defender a terceros”. Y Yolanda reenvió el texto para que todos sepamos quién es ese vivo que se dará con las espuelas y estará siempre dispuesto a vender a cualquiera, como ya lo hará con su amo.

Yo seguiré a favor de gente como Yolanda Medina, ganando o p

Thursday, August 30, 2012

Gabriela Montero: Ex Patria

Gabriela Montero: Ex Patria

Abel Ibarra

 No es cierto que la música académica tenga que ser antiséptica como quieren los pontífices del “arte por el arte”. Eso lo acaba demostrar, como tantos otros, Gabriela Montero, pianista venezolana de excepción, con una obra musical de dramática complejidad sinfónica con la que deja constancia de su confrontación con el régimen que hundió a Venezuela en un pozo de podredumbre y su desacato al caudillo cruel y obcecado que le birló el país. “Ex Patria”, obra para piano y orquesta en la que Gabriela ejecuta el instrumento mayor con virtuosismo y finura (pero pulsando las notas destempladas de un pentagrama de angustia), es una señal de protesta contra este tiempo signado por la mezquindad y el atropello, en el que mucho músico notable se ha prestado para hacerle coro a la barbarie.
 

Gabriela fue conocida mundialmente cuando participó junto al cellista Yo-Yo Ma, el violinista Itzhak Perlman y el clarinetista Anthony McGill (no es poca cosa), en un concierto para celebrar la toma de posesión del presidente Barack Obama, en la que interpretaron una pieza de John Williams. Pero no es este hecho lo que la distingue, si Gabriela fue invitada a ese trascendente evento al aire libre fue porque su talento musical como compositora y concertista la habían colocado entre las mejores pianistas del mundo. Esa vez tuvo que utilizar guantes para que no le congelaran las manos, pero sus dedos sobresalieron entre la lana recortada poniéndole todo su calor al agreste invierno.
 

Los conciertos de Gabriela Montero viajan a la velocidad de la luz en Internet y cualquiera puede ver su estilo desenfadado, irreverente, pero no exento de elegancia y finura, mientras interpreta conocidas obras de los grandes de siempre. Y, también, cuando a solicitud suya, alguien del público le tararea algún aire de nostalgia personal y Gabriela llena los auditorios con impromptus de alta factura académica, pero llenos del encanto y la frescura que les imprime su espíritu libertario. Gabriela es un ser de la misma estirpe de otros que en su momento no sólo se dedicaron a crear belleza con la punta de sus batutas, sino que le metieron el pecho a la vida peleando por su emancipación.
 

Giuseppe Verdi es conocido como el músico italiano por excelencia debido el alto logro estético de obras como Rigoletto, Il Trovatore, La Traviata, Otello, Aída, que aún llenan de notas los escenarios del mundo. Pero el verso “Vuela, pensamiento, sobre alas doradas”, de su ópera Nabuco, compuesta para destacar la crueldad del rey babilonio Nabucodonosor contra los judíos, se convirtió en el símbolo de su propia lucha junto a Garibaldi por la unificación de Italia y contra la ocupación austríaca de su país. Para Verdi la política y la vida eran una sola cosa digna de ser celebrada con la música que nace de lo cotidiano, aunque tenga al cielo por testigo. 
 

“Ex Patria”, de Gabriela Montero, es un grito primario contra el llano en llamas en que nos convirtieron el país y, también, contra músicos que viven traficando con su fama, como el buitre que vuela con elegancia echándosela de pájaro, hasta que vuelve a su condición de carroña entre despojos.
Pero no es asunto nuevo. La anécdota narra que cuando Gabriela tenía siete meses de nacida ya mostraba sus arrestos de niña malcriada y, para aplacarle el carácter, su mamá le metió un piano de juguete en el corral. Pues bien, a los pocos días la encontraron tocando las notas del himno nacional con el mismo “Gloria al bravo pueblo” que sacará a Venezuela de la postración y el degredo. Amén.    

Thursday, August 16, 2012

La civilización del espectáculo



La civilización del espectáculo
Abel Ibarra



 Una de las grandes virtudes de Don Mario Vargas Llosa es que todos sus libros son ambiciosos. Perseguir objetivos que van más allá de los apetitos comunes en un mundo que se contenta sólo con medianías, es de por sí loable, aunque, a veces, el deseo de poner la bala donde se puso el ojo, resulte un desatino que eluda el blanco. Así ocurre, por ejemplo, en “El sueño del celta”, que siendo una novela endeble debido al cúmulo de información biográfica que nubla la fluidez de su lectura y porque repite en cierta medida la ruta literaria del coronel Kurtz en “El corazón de las tinieblas”, de Conrad, termina siendo un libro magnífico por la reivindicación histórica que hace de Roger Casement. El irlandés denunció los desmanes de Leopoldo II en el Gongo Belga y, también, la barbarie desatada por explotadores del caucho en la Amazonia peruana, pero, por un destino tejido entre los equívocos de su impericia política, terminó juzgado por traición a la patria.

 No es éste el caso de la mayoría de los libros de nuestro Premio Nobel. Como botón aparece una muestra que ya es parte de la historia de la literatura universal por sus hallazgos temáticos y formales: “La ciudad y los perros”, “La casa verde”, “Pantaleón y las visitadoras”, “La guerra del fin del mundo”, “La señorita de Tacna”, “¿Quién mató a Palomino Molero?”, “La tentación de lo imposible”, por nombrar sólo algunas obras como ejemplo de una ambición cumplida y como señal de un camino que lo ha conducido a llenarse de libros, premios y lectores. Por eso no entendemos la diatriba de Fernando Rodríguez, crítico venezolano y columnista del diario “Tal Cual”, cuando “acusa” a “La civilización del espectáculo”, de Vargas Llosa, de “ser un libro de ambiciones descomunales”.

 La ambición descomunal según Rodríguez es que Vargas Llosa pretende: “una suerte de diagnóstico de la cultura de nuestro tiempo y entendida ésta en todas sus dimensiones (religión, política, arte, comunicaciones, erotismo...). Para hacer temblar a Toynbee o a Cassirer, para hablar de dos espíritus enciclopédicos”… Aparte de la flacura estilística de la queja, no se entiende por qué Rodríguez, quien pasa por ser de un espíritu sosegado, garrapatee sobre las páginas del artículo con una acritud digna de peor causa. ¿Es que acaso Vargas Llosa no ha hecho lo mismo toda la vida?, es decir, diagnosticar, analizar, desmenuzar, desarmar las bisagras donde se articula la realidad en busca de respuestas para lo angosto de nuestro tiempo. El asunto pareciera menester sólo de titanes dispuestos a desafiar el músculo reflexivo de Cassirer o Toynbee como si se tratara de unos juegos olímpicos de la inteligencia.

 Bueno, no hay espacio para adentrarse en los vericuetos epistemológicos del autor de la “Antropología filosófica” y el denostado interés de Cassirer por encontrar los fundamentos que le dan entidad humana a ese animal racional que llamamos hombre. Tampoco para ahondar en el tenor de los desafíos que según Toynbee actúan como el motor de las civilizaciones cuando un grupo humano los supera. Pero sí se puede decir que la lucidez de Vargas Llosa es deslumbrante en este cajón de sastre (como lo llama despectivamente Rodríguez) cuando se atreve a meter el dedo en la llaga de las falsificaciones que nuestro mundo posmoderno ha hecho de la política, el periodismo, las artes y todas las actividades humanas, cuando se ha puesto a mirarlas con el ojo frívolo de lo contingente.

 Según la óptica de Vargas Llosa en “La civilización del espectáculo” todo es show, incluso el periodismo como el de Fernando Rodríguez, quien intentó crear un escándalo con un artículo que peló el objetivo y lo dejó con los tickets fríos.

… continuará (digo, con el espinoso libro).

Thursday, August 9, 2012

El Olimpo


Abel Ibarra

 Los atletas viven de congelar relojes para que el tiempo regrese al instante en que Cronos le ordenó al mundo que existiera. Todo es prodigio. Las patrias son ciudades-estados que habitan en las tribunas pobladas de banderas. Vuelve por sus fueros la Teoría de la Evolución de Darwin cuando estos titanes globales repiten el libre albedrío de los peces en el desafío oceánico de las piscinas, cuando se ponen a hacer maromas sobre la barra fija, el potro, las paralelas, sobre la varilla del salto alto para desafiar la gravedad, por la sola nostalgia del eslabón perdido. El hombre es el único animal que no sabe vivir en soledad y por eso este esfuerzo tras el oro olímpico para que la vida se llene de nuevos resplandores.

 Todo comenzó con Heracles (Hércules en el mundo romano) nacido de la unión engañosa de Zeus, dios de la trampa y los ardides, quien toma la figura corporal del esposo de Alcmena y concibe en ella a Heracles. En esos enredijos que se dan entre los dioses con resabios humanos en el mundo griego, Hera, esposa de Zeus, bajo el influjo de los celos, induce un estado de locura en Heracles, quien termina matando a sus propios hijos. Así, cancela esa vía natural, la de los descendientes, para lograr la trascendencia y su continuidad sobre las páginas del mundo.

 Para expiar su culpa, Heracles es enviado a Tirinto, donde reina su primo Euristeo, a quien habrá de servir durante doce años y, si logra realizar los doce trabajos que le son impuestos, alcanzará la inmortalidad. El tamiz de esta experiencia de flagelación para redimirse del pecado cometido, lo eximirá de las trazas de su mundanidad, de su vida exterior consagrada a los esfuerzos y las hazañas en el mundo de los mortales. En el undécimo, su primo le hace el encargo de traerle a Cerbero, el perro guardián del Hades, el infierno griego. Guiado por Hermes, coach arcaico por los caminos del martirio, Heracles logra cumplir la difícil misión y, al final, es premiado con las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides.

 Ni más ni menos, allí están los semidioses contemporáneos, haciendo sus suertes en los gimnasios para repetir la historia del mundo y que la vida recomience cada día, como los ríos por donde se desplazan las canoas de argonautas magníficos en busca de la eternidad. Allí está el secreto del oro olímpico que los Hércules actuales persiguen para sellar el final de su comercio con los demás mortales, ascendiendo al podio de la premiación que los meterá para siempre en la historia, manera prodigiosa de parecerse a Dios, quien hizo a estos atletas a su imagen y semejanza. Alea iacta est.

Friday, August 3, 2012

El garzón soldado

El garzón soldado

Abel Ibarra

 No se trata del ave zancuda que posa sobre una sola pata por ríos de El Valle del Cauca en Colombia y en llanos venezolanos. Se trata del ex juez Baltasar Garzón, quien con su cara de mosquito bifocal anda metiendo a Colombia en camisa de once varas al alentar y participar en “un conciliábulo semi clandestino con jefes exaltados de la etnia Nasa (o Páez)”, que protagonizaron disturbios en la zona de El Valle del Cauca durante el mes de julio. El entrecomillado pertenece al periodista Eduardo Mackenzie, quien desnuda a ese delincuente de cuello, pompa y circunstancia, siguiendo el itinerario criminal que lo ha llevado, finalmente, a convertirse en defensor de Julián Asange, el hacker de Wikileaks, acusado de varios delitos sexuales en Suecia.


 Mackenzie le recuerda a este mundo tan olvidadizo que Garzón fue destituido como juez por la Audiencia Nacional española, en una investigación de los asesinatos del franquismo en la que intervino teléfonos ilegalmente, haciéndose, además, la vista gorda de los cometidos por los republicanos durante la Guerra Civil Española, tanto o más atroces que los de sus adversarios. En España se había cerrado el tenebroso asunto con la ley de amnistía de 1977 que dio paso a la democracia pero Garzón, en busca de notoriedad, pensando en su posible ascenso a la Audiencia Nacional de España o al tribunal de La Haya, decidió reabrirlo para fabricar su consagración con la escalera de los huesos de los muertos.


 Ahora Garzón es asesor (suponemos que en materia de estupro y alevosía) de los gobiernos de Ecuador y Colombia. Se entiende que en el Ecuador, donde Rafael Correa ha desmontado todo el andamiaje institucional del Estado, secuestrado los poderes públicos y conculcado la libertad de expresión, su cooperación tiene sentido ya que es experto en fabricar entelequias jurídicas con el expediente de su falta de escrúpulos. Pero en Colombia, país democrático que preserva su estamento legal, su intromisión resulta inaceptable y sólo puede ser entendida bajo el afán del presidente Santos de hacerse de “nuevos mejores amigos” que han terminado complicándole la vida.


 El caso es que ahora anda encompinchado con Piedad Córdoba, otra destituida de sus labores parlamentarias por sus conspiraciones de doble fondo con las FARC y el narcotráfico, azuzando la rebelión de indígenas y campesinos con el único fin de subvertir el orden constitucional en Colombia. Vendiendo la idea de que él puede resolver las divergencias (se entiende que de sangre, coacción y muerte) que tienen las FARC con el gobierno colombiano, se ha convertido en una pica en Flandes para producir todo lo contrario: ha convencido a los indígenas de que el Ejército, que ocupa con legitimidad institucional ese territorio, debe salir de allí para garantizar la paz, artera maniobra para que las FARC se quede con el control del Cauca.


 El presidente Santos debería ordenar una investigación al juez Garzón y rechazar a los nuevos mejores amigos, porque los viejos han resultado más leales.

Monday, July 30, 2012

Cuba y la necrofilia

Abel Ibarra

Cuba y la necrofilia
“La muerte vino a la tierra a beber sangre y sudor”, dice una canción de la Nueva Trova Cubana cantada por Sara González…


La muerte de Oswaldo Payá no significa otra cosa que el regusto por la necrofilia que se adueñó de Cuba con la revolución y su desiderátum es asegurarse la permanencia de la muerte más a allá de la muerte. Yoany Sánchez tiene razón cuando afirma que el dirigente opositor hará mucha falta en el proceso de transición, evento que ha tomado matices estrepitosos si nos atenemos a los gritos de libertad que el pueblo mostró en los funerales del dirigente. Cuando se precipiten los hechos inevitables que darán al traste con esa dictadura cincuentenaria, Payá estará dos veces muerto, porque ahora no podrá librarse del silencio que siempre quisieron imponerle con amenazas, cárceles y hostigamiento. Pero quedará su memoria como la flama antigua y nueva de los libertarios.


 Fernando Mires, filósofo chileno alemán que hizo su pasantía por Venezuela y por el socialismo febril en sus años de estudiante, ha dicho que Fidel Castro causó un “politicidio” con la única intención de excluir  a la clase dirigente que pudo haber significado una alternativa luminosa. Eliminar cualquier indicio de mínima divergencia fue el objetivo del verdugo que activó la masacre, y, el “paredón”, se convirtió en una juerga colectiva macabra con la cual se creó un ambiente falsamente redentor de los vicios del antiguo régimen. Hay que decirlo con Octavio Paz: “Los criminales y estadistas modernos no matan: suprimen”.


 La lista es larga, abundan los nombres de quienes vislumbraron en aquel proceso la señal de la parca y, sin tiempo para ponerse a resguardo, terminaron sus vidas fusilados. O, fueron desaparecidos en “accidentes” similares al de Oswaldo Payá, como el caso de Camilo Cienfuegos (cuyo fantasma no aclara los pormenores del suceso) , a quien el dueño del infierno resucita sólo para reafirmarse en su camino de muerte y desolación, como en aquel mitin donde imposta la voz del guerrillero: “Vas bien Fidel, vas bien”…


Más recientes son las desapariciones forzadas de Orlando Zapata Tamayo, obligado a morir de muerte de hambre en una cárcel apolillada, la de Laura Pollán, quien dejó de respirar con los pulmones llenos de sospecha en un hospital derruido y, finalmente, ésta, lamentable, inocultable, sospechosa nuevamente, de Oswaldo Payá. “La muerte vino a la tierra a beber sangre y sudor” dice una canción de la Nueva Trova Cubana cantada por Sara González, como premisa y corolario de esa estridencia macabra que ha sido la revolución cubana.


En respuesta a tanta barbarie, a uno sólo le queda el aliento de Miguel Hernández, a quien aherrojaron con escarcha de cebolla en un calabozo español: “No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada”. Amén

Tuesday, July 24, 2012

Negro toro nostálgico de heridas

Negro toro nostálgico de heridas

Abel Ibarra

Gustavo Petro, alcalde de Bogotá, acaba de prohibir las corridas de toros en un acto de justicia contra la crueldad de la Fiesta Brava. Generalmente los conversos de cualquier fe, secta o creencia, suelen exhibir discursos y conductas estridentes para ocultar la militancia pasada y obtener la aceptación omnímoda de los miembros del culto recién adquirido. Es lo que ocurre con Petro, quien fuera militante del M-19, grupo terrorista conocido por sus constantes violaciones a los derechos humanos y, a la vuelta de los años, gracias a la política de pacificación del presidente Belisario Betancourt, obtuvo su carta de ciudadanía y se incorporó a la vida civil.
 Entre otras delicadezas que conforman el expediente del M-19, está el robo de la espada del Libertador que fue a parar finalmente a manos de Fidel Castro, los secuestros y asesinatos del periodista José Raquel Mercado, del gerente de Indupalma Hugo Ferreira Neira, de Nicolás Escobar Soto, alto funcionario de una empresa petrolera y del secuestro de Álvaro Gómez Hurtado. Suman datos al prontuario del grupo guerrillero la toma de la embajada de República Dominicana en Colombia y el asalto al Palacio de Justicia, evento dantesco en el cual murieron 53 personas a manos de miembros de la banda criminal.

 Gustavo Petro no participó en este último evento porque estaba preso, pero nunca se le escuchó una sola palabra para condenar lo que fue dado en llamar masacre por parte de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Ahora, dicta una ordenanza estrafalaria intentando mostrar su lado humano, al prohibir una lidia en la cual no se sabe si saldrá muerto el toro o el torero.
Razón tiene Vargas Llosa cuando le dice en una carta que "No debemos avergonzarnos de nuestra afición por los toros: una fiesta que por tradición y por todo aquello que ha inspirado en el mundo de la cultura ha enriquecido extraordinariamente la vida de las gentes. Desde quienes han vibrado de emoción en los tendidos hasta los que nunca han visto una corrida y, sin embargo, han admirado las imágenes que ha podido inspirar en la poesía, la música, la pintura, la escultura o la danza”.

 No he asistido nunca a un coso taurino, pero me entiendo bien con los toros desde que comprendí el mito del Minotauro en Creta, en el que Teseo se adentra en el laberinto para combatir a la bestia mitad toro, mitad hombre y, luego de vencerlo, sale de esa primera “corrida” mítica, asistido por el hilo de Ariadna. También está la primera escena histórica del rejoneo cuando, montado en su caballo, Ruy Díaz de Vivar se enfrenta a un toro armado de una lanza. Abunda en detalles la “Tauromaquia” de Goya y también la de Picasso. Pero la cornada que más ama es la de un poema de Miguel Hernández: “Como el toro he nacido para el luto y el dolor, como el toro estoy marcado, por un hierro infernal en el costado y, por varón, en la ingle con un fruto”.

 O el pase de muletas con que Alberti recibe al bravo animal de lidia a punto de llegar a la plaza:  “Negro toro nostálgico de heridas, corneándole al agua sus paisajes, revisándole cartas y equipajes, a los trenes que van a las corridas”. 

Thursday, July 12, 2012

Dios existe en el bosón de Higgs




Abel Ibarra

 Los surrealistas dicen que la vida es un segundo sueño. André Bretón, el piache mayor de esa tribu literaria dislocante, contumaz y prometeica, fatigó sus años junto a Paul Eluard, Robert Desnos, Guillaume Apollinaire, Louis Aragon, Antonin Artaud, entre otros, tratando de deshilvanar los hilos de la razón, en busca del momento justo en que los sueños se cuelan en la vida para darle sentido. Trataban de hallar ese punto de exaltación donde lo cotidiano alcanza su dimensión secreta y heroica para que el mundo continúe, con “el tímido rumor de lo que existe”, diría Adriano González León, hijo pródigo de aquel momento luminoso.

Por los caminos de la poesía (mi mujer con espaldas de pájaro que huye en vertical, dijo Bretón) los surrealistas buscaron, a contracorriente, el momento justo en que ocurrió el soplo de la Creación de acuerdo al Evangelio según San Juan, quien afirmó sin lugar a dudas que “en el principio fue el verbo”. Asunto que parecía contradictorio con los dictámenes empíricos de la ciencia, sometidos a comprobación de laboratorio, pero que, al final, a falta de cognomentos verificables, comprobables, fácticos, fue llamado “Big Bang”, estallido verbal donde el universo comenzó a ser. Verbigracia.

 A punta de verbo, a punta de desafío, a punta de punta, los profetas del surrealismo, que no significa sobre, ni debajo, sino, “entre la realidad”, se pusieron de acuerdo con Paul Eluard, en que “el otro mundo existe pero está aquí”, lo mismo que descubrió un científico de apellido Higgs, cuando encontró que hay partículas que merodean por los laberintos del átomo, entre protones, neutrones y electrones, donde está vagando a su real saber y entender el germen que da nacimiento a la “masa”, o sea, a la materia, es decir, al pedazo de corazón primigenio donde surge la vida. En honor al desafío de un físico descaminado a quien se le reveló el misterio mientras perdía el tiempo paseando por las montañas de Escocia, los científicos bautizaron el descubrimiento como “bosón de Higgs”, galimatías genérico de la “partícula de Dios”. Coño y amén, sagrado y profano.

 Tengo la suerte de asistir al momento heroico, pero sin sangre ni discursos apologéticos, en que la ciencia y la poesía, la vida y el sueño, se ponen de acuerdo, como ha debido ser desde siempre, pero, que, por esa terquedad nuestra de pensar que el mundo comienza y termina en nuestro ombligo racional, no nos dimos cuenta de que palabra y acción son lo mismo. Si digo mundo el mundo aparece, a la manera de los antiguos Mayas que afirmaban: “nombremos nuestras cosas para que nuestras cosas existan”. Lo mismo que San Juan y los surrealistas.

 Gracias al doctor Higgs y su partícula primitiva donde nace el amor que genera la vida, uno puede decir lo que le dé la gana cuando anda perdiendo el tiempo por las montañas de sí mismo. Digo Adriana y se me viene Roma con todo lo distante y cercano que tiene Roma, la ciudad eterna, a la manera de Jorge Luis Borges: “en las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo”. Cosa que, según él y Higgs, nos da fuerza para seguir buscando a Dios por los rincones, porque en la palabra Dios existe Dios.


Friday, June 29, 2012

Estados Unidos es un país, es un país, es un país…



Abel Ibarra

 Gertrude Stein, poetisa y mecenas alemana, transgresora universal que se avino con placer y fruición al arrebato creador de artistas que llenaron de obras estrafalarias el primer tercio del Siglo XX, dijo, con vehemencia, para espantar cualquier duda racional, que, “A rose, is a rose, is a rose”. Afirmar tajantemente que “una rosa, es una rosa, es una rosa”, significa, entre otras rosas, que algo es algo porque le viene de espíritu y de ganas de “ser” para imponerse en el mundo con la belleza impune de la flor.

 No es fácil pontificar, o sea, salmodiar tajantemente como la Stein, acerca de la cualidad trascendente de algo tan vegetal como la rosa, pero, sin tratar de igualarnos con el genio de esa musa devastadora, uno puede decir que Estados Unidos “es un país, es un país, es un país”. Cabe la aclaratoria para los que extraviamos el originario (el mío es Venezuela y los cubanos son seres de excepción, incluida una de mirada marina, capital y reciente), pero que no andamos pidiendo permiso para vivir, sino, poniendo corazón, cerebro y conducto seminal, para tratar de emparejarnos con el destino.

 Aclaremos. Entre los amigos de la Stein, fuera de otros ejemplares de profundo dislocamiento poético y vital, estaban Pablo Picasso, Ernest Hemingway, Salvador Dalí, George Bracque, Juan Gris y pare de contar ejemplares que escogieron la transgresión del orden como método de vida.

El “pienso, luego existo” con el que Descartes logró vivir cinco siglos, se desvaneció ante los alegatos de ese dream team del desafío, que pareció contradecirlo con la más ardiente proclama de “amo, luego existo”.

 Y este país bonito, ancho, pedestre, rocoso, gélido, amigable, complicado, lujurioso, alternativo, contradictorio, generoso, competitivo, antiguo y nuevo, hogar de virtuosos y ladrones, sitio de todos los adjetivos, universo de lo posible, en fin, lugar de la unión difícil que sacó su nombre de la antonomasia lingüística llamada Estados Unidos, resuelve sus problemas, incluidos los nuestros, los inmigrantes, como el mago que saca conejos del sombrero o cartas bajo la manga de la buena voluntad.


Conejos y cartas se juntan para que ocurra el azar donde hasta el amor existe. ¿Cuál? El de todos los que pisan esta tierra de un país, es un país, es un país…

 Ok, pontificar. Qué maravilla de país con tormentas: la del agua que empapó la mar marinera de Clearwater en Pinellas County, ese condado amoroso del centro de Florida y el pastizal de vacas y denuedo con el que conjugamos Pasco, donde la vida surge porque sí. “Verde que te quiero verde”, diría García Lorca como si hubiera vivido allá, para conjurar el maleficio de una inundación que ahogue las flores.

 “No quiero perder mi casa” dice una adolescente que llora frente a la cámara del reportero (se me encurruja el corazón) y el canal difunde la noticia. Una señora más allá de la tercera edad dice que esto era todo lo que tenía, mientras sonríe. Unos carajitos surfean sobre las olas quietas de un canal, halados por un bote de ocasión y, al final de todo, un funcionario anuncia que el “rescue” tomó cartas en el asunto y todos están a salvo, sonrientes, seguros, protegidos, porque Estados Unidos le pone territorio material a los espíritus voluntariosos… Amén.

P.S: Tengo dos amigas en Colorado (no las nombro para conjurar asuntos maritales) quienes, al parecer, viven lejos del incendio que prendió las otrora montañas de hielo. Las quiero de cualquier manera, hasta con diluvio de fuego.

Thursday, June 21, 2012

A Julián Asange se le derramó el whisky

                                               
Abel Ibarra

 Nadie está exento de hacer el ridículo, lo malo es cometerlo en público y convertirlo en show periodístico de larga duración. Eso, ni más ni menos, es lo que ha hecho Julián Asange al pedir asilo en la Embajada del Ecuador en Londres, luego de haberse convertido en héroe de la prensa cortesana del escándalo cuando comenzó a filtrar chismes electrónicos a través de WikiLeaks. Como suele suceder en estos casos de comadreo virtual, la comidilla de la aldea global se centró en la política exterior de Estados Unidos, tema que suele ser el preferido de todo el que busque fácil nombradía metiéndole el dedo en el ojo a los funcionarios del Departamento de Estado, al culparlos de todos los males del planeta. 

Julián Asange es un hacker, término que en principio designa a quien fabrica muebles con un hacha, pero que, luego de cambiar de disfraces lingüísticos en el mundo de la electrónica, terminó convicto y confeso de usurpación cuando pasó a calificar a los criminales informáticos. Resulta tan resbaloso el terminejo en eso de la búsqueda de significación, que la más radical lo emparenta con el “safecracker” que, en nuestro español de cada día, significa “ladrón de cajas fuertes”. Ni más ni menos, Julián Asange es un delincuente a quien se le premió su villanía con el fogonazo de la notoriedad en las primeras planas de los periódicos y bajo los cenitales de los estudios de televisión.

Para equilibrar la balanza de acusaciones y tener seguidores en todos los bandos, los trapos sucios de la diplomacia internacional se saturaron de tanto mugre cuando Asange reveló las vinculaciones de Fidel Castro y Hugo Chávez con la ETA, FARC y ELN, lo cual no era más que refrito de lo aparecido en las computadoras de Raúl Reyes y el Mono Jojoy. A Fidel Castro no le gustó el asunto y puso sus barbas en remojo cuando Asange fue detenido bajo acusación de haber violado a una ciudadana sueca, acusando a las Damas de Blanco de calentarle la oreja al australiano para servir de señuelo en su detención, según libreto escrito por Carlos Alberto Montaner. (Sin comentarios).

Asange se ha quedado solo al hacer la solicitud de asilo en la embajada del Ecuador y hasta la millonaria Jemima Khan, quien aportara buena parte de la fianza de 250.000 euros para lograr su libertad, ha mostrado su desacuerdo a través de su página Twitter al afirmar que “hubiera esperado que afrontase las alegaciones en su contra”. Lo contradictorio es que antes de someterse al escrutinio de la Justicia Sueca, Asange prefirió la protección de Rafael Correa, el presidente que ha secuestrado todos los poderes su país y utiliza la justicia para favorecer sus intereses, lo cual hace pensar en un celestinaje previamente acordado.

Conversando con Karen Hollihan, dirigente ecuatoriana valiente y puntillosa que sueña con descoserle las amarras al impostor que gobierna su país, descubrimos dos cosas, una: según súbita y libérrima traducción del término WikiLeaks, llegamos a la conclusión de que a Julián Asange se le derramó el whisky. Dos: que las suecas también tienen pudor. Vale.  

Friday, June 15, 2012

Hugo Calígula Chávez

Hugo Calígula Chávez

Abel Ibarra

Hugo Chávez es tan hiperbólico como Calígula en eso de la egolatría. Cuenta Robert Graves en su novela “Yo Claudio”, que Cayo Julio César Augusto Germánico, futuro emperador de Roma, solía acompañar a su padre Germánico en sus expediciones militares por tierras bárbaras calzando las “caligas”, botas primitivas de los legionarios que le hicieron ganar el histriónico nombre de Calígula, sinónimo de “botitas”. El hecho parece haber marcado el destino del muchacho, quien, acostumbrado al boato y la pleitesía que se le rindió en sus primeros años como mascota del ejército, creyó ver su futuro hecho para las estatuas, incluso, para habitar en el Panteón Romano donde estaba inscrito el nombre de su tío abuelo Augusto con la tinta indeleble de los dioses.

Fue Claudio, su tío tartamudo y cojitranco (taras que no lo arredraron para convertirse luego en senador, cónsul y emperador), quien le calzó las caligas de la megalomanía de manera caprichosa y astuta. Calígula despierta embotado luego de un largo y embarazoso sueño preguntándole al tío si no le nota nada extraño. Claudio, quien descubrió temprano que la adulación era la mejor de las artes para sobrevivir en un mundo de conspiraciones y asesinatos, le respondió con la poca presteza que le permitía su balbuciente lengua: “Claro, tienes un resplandor especial… es que te has convertido en Dios”.

Desde entonces Calígula fue el Júpiter tonante que administró a guisa y manera de sus caprichos la vida de los romanos de su tiempo. Se hizo construir tres templos para su propio culto, humilló mediante amenazas de muerte a los miembros del Senado, prostituyó a la nobleza convirtiendo el Palacio en burdel, forzó el incesto con sus hermanas Agripina la Menor, Drusilla y Julia Livilla, además de someter al suplicio de soportar sus pocas dotes de actor a públicos ocasionales, entre ellos a su propio tío Claudio, so pena de causarle la muerte con su propia espada. La locura de Calígula acusaba su propia declinación, hasta que le llegó el fin imprevisto en manos de su propia guardia pretoriana.

Salvando las distancias que trae consigo el tiempo y las hipérboles que supone la vida imperial de la Roma antigua, tenemos en Hugo Chávez el mismo descalabro que acusó el emperador desquiciado y las mismas señales de decadencia que anuncian el fin de un régimen que nos puso a los venezolanos en las puertas del infierno. Bastó ver el acto de inscripción de su candidatura ante el Consejo Nacional Electoral, en el cual, a falta de un discurso promisor hacia el futuro, se dedicó a cantar, gesticular y forzar las dotes de histrión, con las que desea demorar el final del último acto.
Luego sale en televisión tratando de humillar a la audiencia con ese disfraz de General en Jefe con sol de bisutería. Y si lo ponemos en el justo lugar de los diminutivos al que ha llegado, a la manera de las “botitas” de Calígula, no quedará más que llamarlo “solito” con ese falso resplandor sobre sus charreteras.

Saturday, June 2, 2012

Alá Akbar

Alá Akbar

Abel Ibarra

 Alá Akbar debe haber sido el grito con el que unos musulmanes modernos bautizaron la masacre emprendida recientemente contra un grupo de cristianos en Nigeria. Hombres, mujeres y niños fueron quemados vivos para mantener la tierra libre de “infieles” y, las fotos que circulan por Internet de los cuerpos calcinados, son el testimonio macabro de la barbarie desatada por ese culto asfixiante que ve enemigos en todo el que no acceda a seguir sus códigos de fanatismo y exclusión.

El asesinato efectuado por el sólo hecho de que las víctimas no aceptaron renegar de su fe cristiana, siguió el libreto elaborado por el ejército islámico de Sudán en numerosos crímenes cometidos recientemente, patrón que obliga a las potenciales víctimas a encender los troncos con los que serán quemados si no acceden a convertirse al Islam. Los que echan el cuento son los pocos que lograron salvarse de las llamas, pero en los videos se observan claramente cicatrices blancas sobre piel negra, como señal de pecados inocentes.

Alá Akbar fue el grito de guerra pronunciado por los musulmanes cuando invadieron la península ibérica en el año 701 para decir que Alá es grande. Debió ser la garganta de Táriq ibn Ziyad la que profirió el juramento desde que ordenó desenvainar las cimitarras que tiñeron de sangre el Mediterráneo, para luego entrar a saco en tierras de Rodrigo, último rey visigodo de Hispania y consolidar como propio el al-Ándalus, que luego cambió de voz como Andalucía. Ocho siglos después se perdió el reino de Granada en manos de Boabdil (monarca sanguinario que desalojó del poder a su padre y desató una persecución contra su tío), quien se quedó mudo frente a la recriminación de su madre ante la derrota: “llora como mujer, lo que no supiste defender como hombre”.

 Fueron tiempos de desafío heroico con el cual se construyo la historia, casi siempre cruel, pero lo de hoy es un grito estentóreo que sólo habla de intolerancia y odio. Alá Akbar es una arenga fatídica que ha sido repetida en innumerables oportunidades para disfrazar de fidelidad religiosa un desapego grosero por la condición humana. Bajo su influjo son cortados clítoris de musulmanas impúberes, exprimidos cuellos de homosexuales, lapidadas mujeres bajo acusación de infidelidad y, como premio máximo a su ideal perverso de purificación, la amenaza iraní de desaparecer a Israel del mapa. O, de hacer volar por la estratósfera el territorio completo de los Estados Unidos.

 Alá Akbar gritaron los musulmanes que asesinaron cristianos coptos dentro de su iglesia en Egipto, los que estrellaron aviones contra las Torres Gemelas, también el mayor de ejército que asesinó a trece de sus compañeros en una base militar norteamericana y así ad infinitum. Alá Akbar se escuchará cuando nos pongan el cuchillo en la garganta esos carniceros primitivos que lo políticamente correcto exige mirar de soslayo. Vade retro.
 

Saturday, May 26, 2012

Carlos Cruz Diez vibra con el cinetismo

Carlos Cruz Diez vibra con el cinetismo

Abel Ibarra

 “…raudas moscas divertidas, perseguidas, perseguidas, por amor de lo que vuela”, dice Antonio Machado cuando exime al denostado insecto de su origen de podredumbre y lo eleva a la categoría de imagen, símbolo y representación del movimiento. Si algo es inherente a todo lo que sobre la tierra habita es justamente su carácter cambiante, trátese éste del hombre que anda en busca de sí mismo (y allí el movimiento es sólo un soplo de lo intangible), de los peces que migraron hacia su alma de reptiles hasta que, según Darwin y su “Origen de las Especies”, terminaron enseñoreándose de los cielos. O, de lo que se sitúa en el rincón más íntimo de la naturaleza, cuando se trata del temblor de una piedra cuando está a punto de nacer.
Pero al hablar de cinetismo se trata del vértigo del movimiento llevado hasta sus últimas consecuencias y fue el venezolano Jesús Soto quien le puso nombre a ese movimiento plástico, siguiéndole la pista al proceso de descomposición de la figura humana que había comenzado con Edouard Manet. Manet bajó al hombre de las estatuas donde lo había colocado el Renacimiento y lo puso a caminar con la libertad que da la luz natural para que aprendiera a encararse consigo mismo en el Siglo XIX, hundido en más dudas que certezas y, por tanto, atrapado en la borrosa visión de un ser humano que no sabe a dónde va. En ese mismo sendero de difuminación vendrían Cézzane, Monet, Renoir y Degas, con su impresionismo devastador, a poner en tela de juicio todo cuanto en el ojo cabe.
Y si se trataba de cuestionar lo que se mira, Soto le quitó a la realidad los alfileres de la razón y la dejó desnuda en su esqueleto de líneas y colores que, de tanto alternarse con aleatorio desparpajo sobre la tela, terminaron transfigurándose unas en otros para formar un conjunto donde lo importante es la fricción que causan ante la mirada del espectador. Y, para continuar con ese desafío exultante, Carlos Cruz Diez inventó una nueva dimensión de esta aventura pictórica con sus “Fisicromías”, nombre transgresor que atiende a una “metamorfosis del color en el espacio y en el tiempo”, según explica su autor.

Con Cruz Diez ocurre un choque emocional para todo el que sale del aeropuerto de Maiquetía, en Caracas, cuyos pisos están tapizados por esas fisicromías que ponen a dudar al ojo del viajero, colocándolo desde el momento en que pisa sus colores vibrantes en la conciencia de que no pertenece a ningún lugar. Y ya en Miami, luego de agotar el síndrome de bazar turístico, si el visitante se aventura a fatigar los espacios del estadio de los Marlins, pisará nuevamente sobre las caminerías diseñadas por Carlos Cruz Diez, para darle carácter artístico a ese recinto donde los batazos se transmutan en jonrones, en el momento en que saltan la barrera de las gradas “por amor de lo que vuela”.